¿Son ideas mías o los emboladores están desapareciendo?

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Fue una mañana espesa de mayo en el parque Bolívar de Cartagena. Me disponía a realizar una rueda de prensa de la Policía Nacional para entregar detalles de los operativos adelantados durante la semana en el departamento de Bolívar. El Centro Histórico ya hervía con su rutina de siempre: turistas buscando sombra, vendedores esquivando palomas y el calor rebotando sobre las piedras antiguas de la ciudad amurallada.La sombra de los árboles apenas conseguía domesticar aquella temperatura pegajosa. Bajo los almendros, jubilados, vendedores ambulantes y hombres que parecían llevar media vida conversando sin urgencia compartían banca y silencio. Mientras esperaba la llegada de los periodistas y repasaba mentalmente cifras, capturas y resultados operativos, terminé desviando la atención hacia otro asunto mucho menos oficial.Yo había llegado al parque por razones de trabajo y terminé encontrando una pregunta. En una de las bancas, cerca de donde todavía se arman pequeñas repúblicas de jubilados y conversadores profesionales, estaba sentado Rafael Gómez, un viejo embolador que conservaba su caja de madera como quien protege una reliquia familiar.

El cajón mostraba cicatrices de años: manchas de betún, bisagras cansadas y un pequeño espejo pegado en un costado que devolvía reflejos fatigados.Rafael llevaba un sombrero desteñido y hablaba poco. A su lado tomaba tinto “Ñato” Herrera, vendedor ambulante y comentarista espontáneo de cuanto sucedía en el Centro Histórico. Miré alrededor. Los turistas pasaban ligeros, casi todos en tenis blancos o sandalias. Los zapatos formales parecían haberse mudado de siglo.

Entonces pregunté, casi al azar:—¿Son ideas mías o los emboladores se están acabando?Rafael levantó apenas la cabeza. Ñato dejó el termo sobre la banca. Los dos se miraron un instante y respondieron casi al mismo tiempo:—Se están acabando.La frase quedó suspendida entre nosotros como una noticia triste que nadie se había atrevido a decir en voz alta. Sin darme cuenta, aquella pregunta había abierto la puerta a una conversación sobre un oficio que durante décadas hizo parte del paisaje colombiano y que ahora parece extinguirse silenciosamente, como desaparecen las cosas que nadie cree necesarias hasta que ya no están.Sentí algo parecido a la nostalgia al descubrir que tal vez estaba presenciando el comienzo del final de un oficio que hizo parte del corazón de las plazas. Rafael limpió un cepillo con un trapo oscuro y comenzó a recordar que hubo un tiempo en que el parque Bolívar amanecía lleno de cajas de embolar.—Aquí usted no encontraba dónde sentarse —me dijo—. Había más emboladores que palomas.

Durante años bastaba ocupar una silla del parque unos minutos para salir viendo el mundo reflejado en la punta de los zapatos. Los empleados públicos, los comerciantes del puerto y hasta los políticos de pueblo pasaban por allí antes de seguir camino. Lustrarse los zapatos era tan normal como tomarse un tinto o discutir de béisbol, boxeo y política.En Colombia, el embolador más famoso ni siquiera fue real. Se llamaba Heriberto de la Calle y Jaime Garzón lo convirtió en un filósofo popular agachado frente a los zapatos ajenos, haciendo preguntas incómodas como si desde abajo pudiera verse mejor la mugre del país. Rafael sonrió cuando lo mencioné.—Ese sí sabía embolar hablando —dijo.Pero mucho antes de Heriberto ya existían emboladores legendarios.

Uno de ellos había nacido en Palenque y alternaba el brillo de zapatos con peleas callejeras en Cartagena. Se llamaba Antonio Cervantes y todavía nadie le decía Kid Pambelé. Admiraba tanto a Bernardo Caraballo que una tarde, mientras lustraba unos zapatos sin reconocer a su dueño, terminó levantando la cabeza y descubriendo que tenía enfrente al mismo campeón que admiraba desde afuera de los coliseos. Sin saberlo, acababan de inaugurar una amistad improbable entre un campeón admirado y un muchacho que aún no sospechaba que también sería leyenda.Después vendrían los campeonatos mundiales y la gloria. Lo de embolador quedaría apenas como un oficio de paso. Pero nosotros seguíamos sentados en el parque Bolívar intentando entender por qué un oficio tan antiguo parecía ir apagándose frente a nuestros ojos.—¿Y por qué se están acabando? —pregunté.Rafael acomodó un zapato sobre el cajón antes de responder.—Porque este oficio ya no da para vivir.Ñato tenía otra teoría.—La gente ahora embola sus propios zapatos.Le respondí que eso no era nuevo y que, pese a los esfuerzos domésticos, los verdaderos expertos seguían siendo irremplazables.

Yo mismo lo comprobé una tarde cuando, después de limpiar cuidadosamente mis zapatos en casa, un embolador del Centro los miró apenas y me dijo:—Señor, yo se los dejo brillando de verdad.La frase todavía me golpea el orgullo de autoembolador aficionado. Rafael negó con la cabeza y me pidió mirar alrededor. Miré. Tenis. Sandalias. Tela. Material sintético. Casi ningún zapato reclamaba ya betún.—Antes la gente arreglaba los zapatos —dijo—. Ahora los bota.La frase quedó sonando entre nosotros como suelen sonar las verdades sencillas. Quizá los emboladores comenzaron a desaparecer al mismo tiempo que desaparecieron ciertas costumbres: los zapatos formales de todos los días, las tardes lentas de plaza, el gusto por reparar las cosas y la conversación con desconocidos.Ñato agregó que antes también había tiempo. Tiempo para sentarse, conversar y dejar que alguien sacara lustre mientras se hablaba de béisbol, boxeo o política. En ese momento llegó otro viejo del parque con un periódico bajo el brazo y dejó su teoría sobre la banca:—También se acabaron los hombres que se sentaban tranquilos mientras les embolaban los zapatos.Nadie le discutió.

A lo lejos comenzaron a aparecer los periodistas y el deber volvió a reclamarme del lado de los balances y los micrófonos. Rafael terminó su trabajo y me devolvió los zapatos. Me los puse despacio; esa comodidad de los zapatos viejos tiene algo de reencuentro. El cuero brillaba tanto que casi podía usar la punta como espejo.Antes de levantarme miré otra vez el parque Bolívar. Las palomas seguían allí. También los árboles, el calor y los turistas de paso. Lo que ya casi no estaba era aquella vieja ceremonia de sentarse sin prisa mientras un hombre, inclinado sobre el polvo amable de la ciudad, devolvía brillo a los zapatos y de paso ayudaba a conversar el mundo.Me despedí de Rafael y de Ñato con la sensación extraña de quien sale de una conversación más importante de lo que esperaba encontrar. Y gracias a esa tertulia nacida mientras esperaba hablar de operativos policiales, usted está leyendo ahora estas líneas, aunque me sorprendería mucho que lo hiciera sentado en una banca del parque Bolívar mientras alguien, con betún en las manos y paciencia antigua, le devuelve brillo a sus zapatos bajo la sombra cansada de la ciudad amurallada.Por: Emilio Gutiérrez Yance

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