UNA LAVANDERÍA PÚBLICA, LLAMADA SOCIEDAD

Desde que aparecieron las redes sociales, todo el mundo quiere compartir o mostrar algo, ya sea su rutina, sus logros o sus alegrías; pero al mismo tiempo y del otro lado, hay espectadores al asecho para criticar y dañar lo que están viendo, porque según dicen, cuando se comparte algo, la vida se hace pública y todos tienen derecho de opinar al respecto. 

Y es así como la sociedad se ha convertido en una lavandería donde se sacan los trapitos sucios de otros, no para lavarlos, sino para dejarlos a la vista, en remojo. O cabe también mencionar, que ese pasaje de la Biblia que dice: “Quien esté libre de pecados, que tire la primera piedra”, acá no tiene ese final feliz de redención; porque pertenecemos a una sociedad, donde es más fácil ver la pelusa del ojo ajeno que la viga que tenemos. Y a la hora de juzgar, son muchos los que lanzan sus piedras, aunque tengan mala puntería y hieran a otros, viviendo a la final el verso que dice: “Diente por diente, ojo por ojo”.

Ahora es fácil enterarse de los pecados del mundo y todos quieren convertirse en jurados que deciden si el acusado es inocente o si los jueces han sido justos o injustos… Y sin darnos cuenta, caemos en el mismo juego de opinar y señalar, sin saber la verdad. 

No sé que es lo más triste y preocupante de todo esto, si el papel de jueces y lavanderos que muchos asumen; o la postura indiferente de quienes dicen que cada uno es libre de hacer con su vida lo que quiere, cuando se trata de justificar actos que dañan; mientras que todos buscan exigir y vociferar sus derechos a las malas, pero sin querer acatar normas o cumplir sus deberes, a las buenas. 

No sé qué me asusta más, si la imparcialidad inhumana de quienes critican y señalan, se acercan a la candela y la encienden, sin pensar que tienen rabo de paja; o la inconciencia de tantos que opinan y viralizan cualquier cosa, sin tener la certeza de nada y sin importar las vidas que afectan y dañan.  Y es así como estamos contaminando el ciberespacio, mientras que las nuevas generaciones comen y beben de todo lo que leen, e imitan comportamientos y gestos; creando falsos ídolos, a la vez que llenan sus vacíos afectivos de hogar y sus mentes con sed de curiosidad. 

¡Qué peligro! es que alguien caiga o se equivoque en las redes; se atreva a compartir un logro o un momento de felicidad, que despierte la envidia de alguno o que le hiera a otros su susceptibilidad; para que se convierta en el tiro al blanco de tantos o para que le saquen sus trapitos sucios al sol, aunque esté redimido y los haya lavado…

Esta es la sociedad en la que ninguno es profeta en su tierra; esa misma a la que le duele la alegría y el logro de algunos; la que prefiere lo de afuera, la que defiende el derecho que le conviene, la que señala a cualquiera que se le atraviese, la que tira la piedra y esconde la mano, aunque ella misma tenga pecados; y aun así, le saca los trapitos a la calle a quien se encuentre mal parqueado.

Y todo esto sigue creciendo como una bola de nieve, porque con el paso del tiempo cada vez son más los que buscan protagonismo y los que se divierten y entretienen con lo que a otros les sucede. Es por esto y por más que es tanto o más peligroso, un menor de edad con un celular en la mano, que si estuviera en la calle solo. 

Lo único que nos queda es cuidarnos y reservarnos más los sueños, las buenas noticias, las gentes que amamos, para protegerlos de aquellos a los que les cuesta aceptar y aplaudir los logros y la felicidad del prójimo.  

Kary Rojas 

Maestra, conferencista y escritora

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